martes, 9 de enero de 2018

LA EDUCACIÓN Y LA CIVILIZACIÓN

Novela: República Luminosa.
Por Andrés Barba

La educación y la civilización son un proceso de devastación

Entrevista a Andrés Barba, premio Herralde 2018 con República luminosa

Novelista, traductor y ensayista, estos son los tres términos que definen el recorrido profesional de Andrés Barba, Premio Herralde 2017 con República Luminosa. Tras Las manos pequeñas y Agosto oscuro, Barba vuelve a indagar en el mundo de la infancia, pero esta vez desde una perspectiva más inquietante. República Luminosa es la historia de 83 niños que viven al margen de la sociedad, a las afueras de la ciudad de San Cristóbal. Narrada retrospectivamente, la novela utiliza la forma del reportaje para indagar sobre cómo se construye el relato de un hecho histórico y para interrogarse sobre la relación de poder entre el supuesto mundo civilizado y la figura del otro.

La novela empieza con una cita de Paul Gauguin: “Soy dos cosas que no pueden ser ridículas. Un salvaje y un niño”. ¿No tomamos demasiado en serio o, incluso, ridiculizamos al salvaje y al niño?
La frase llegó después de haber terminado al libro y pertenece al Diario Salvaje de Gauguin. Esta frase me pareció perfecta, porque pone de manifiesto la convicción de que tanto los salvajes como los niños son seres fuera de lo social y confirma que tenemos miedo tanto de los salvajes como de los niños. Esto es lo que explica el intento de civilizar y normalizar estas dos figuras para tratar de insertarlas dentro del orden de lo social. Las palabras de Gauguin me parecían interesantes en tanto que funcionaban como un diapasón que mide el ritmo de la novela.

Defines la infancia como una ficción. ¿La ficción es el relato que nos sirve para adoptar o comprender aquello queda fuera de los social, en este caso, la infancia?
Desde la ilustración, el proceso educativo es un proceso que busca básicamente que el niño deje de ser niño lo antes posible y se convierta en ciudadano. Desde que el niño tiene conciencia, tratamos de que deje de ser niño y, por tanto, tratamos borrar y eliminar todo aquello que hace del niño un niño y no un adulto. En este sentido, la educación y la civilización son un proceso de devastación, de borrado.
Los 32 niños de tu novela quedan fuera de la estructura social, sin embargo, tú defines su organización con el término de “república”, es decir, recurriendo a una estructura de gobierno propia de nuestra civilización.
Una de las ideas básicas del libro y que nació, en parte, de leer los libros de Maeterlinck y también de leer a Conrad es la pregunta acerca de cómo se podría pensar el nacimiento natural de un nuevo modelo de civilización humana completamente distinta a la nuestra. Siempre hemos fantaseado con que la tierra sea civilizada de nuevo por una especie distinta a la humana; este ha sido uno de los temas recurrentes de la ciencia-ficción, que ha imaginado irrepetibles veces a la tierra tomada y controlada por otra especie, mientras los hombres tratan de defender su civilización. Sin embargo, ¿qué sucedería si nuestra propia genética hiciera intentos paralelos para generar modelos de civilización distinta a los que hemos generado hasta ahora? Siguiendo este interrogante, la República Luminosa se parece más a una utopía anarquista que a cualquier realidad fantástica. La sociedad de estos niños es una república anarquista y, sin duda, utópica en cuanto no hay jerarquía, el lenguaje es una creación lúdica, el trabajo parece, en gran parte, abolido…
Los 32 niños, al inicio, subsisten gracias a pequeños robos, pero pronto se convierten en una sociedad autónoma y paralela a la sociedad de la que se excluye.
Sí, la relación de los niños del contexto social varia a lo largo de la novela; al principio, efectivamente, los niños conforman una especie de comunidad oportunista que se beneficia de los bienes producidos por otra sociedad, pero, a un cierto punto, como bien dices, comienzas a configurarse como una sociedad perfectamente independiente, que se rige por leyes que desconocemos y que vive completamente al margen. Me parecía muy divertido o, por lo menos, interesante ver cómo se desarrollaba una sociedad desde su germen y así asistir, desde un lugar un poco esquinado y sin tener todos los datos, a la conformación de un sistema social que yo termino de definir como república.
¿La búsqueda de un lugar esquinado desde donde narrar es lo que te llevó a recurrir al género de la crónica como forma narrativa?
Sí, en gran parte. No hago nada nuevo, es decir, República luminosa es una novela muy clásica y son muchas las novelas que han trabajado a partir del género de la crónica. En mi caso, recurrir a la crónica me permitía indagar sobre cómo se construye una verdad en una sociedad a partir de un episodio traumático. Para ello, necesitaba no sólo utilizar la forma narrativa de la crónica, sino que la crónica fuera escrita mucho años después de los acontecimientos narrados para que el cronista, en este caso narrador y protagonista, pudiera integrar muchos discursos distintos sobre esos episodios, incluso, discursos y opiniones contradictorias sobre un mismo hecho. De esta manera, podía observar cómo la narración sobre un hecho colectivamente traumático se conforma consensuadamente, puesto que, en el fondo, la verdad es consenso histórico que se construye con discursos disimiles que, a veces integrados por un cronista y a veces naturalmente superpuestos, van creando una especie de monstruo informe.
http://librujula.com/plugins/system/tmlazyload/blank.gifLa novela se estructura no sólo a partir de la dualidad realidad-ficción, sino también a partir de la dualidad bajo tierra- superficie. ¿Por qué situar la república luminosa de los niños bajo la superficie de la sociedad?
Un libro que me fascina y que está en el corazón de esta novela es La Peste. La novela de Albert Camus comienza con una escena maravillosa: una rata sube a la superficie y vomita sangre. Esta imagen refleja, por un lado, aquello que sucede en el interior de la tierra, es decir, en el mundo de las ratas, y, por otro lado, en el interior mismo de las ratas, donde se encuentra el germen de la peste, que va a asolar la ciudad. Esta idea de Camus de lo que se produce arriba y de lo que se produce abajo y que estos dos mundos están interconectados por canales misteriosos y, sobre todo, canales mentales y espirituales, antes que físicos, me parecía fascinante para trabajar en mi novela. En República luminosajuego, por tanto, con la idea de los mundos transparentes, que estaba muy presente en Camus, donde también se planteaba la idea del destino y de la imposición de los dioses, que aleatoriamente imponen la muerte a una ciudad entera sin aparentemente ninguna explicación.
Esta estructura vertical tiene también que ver con el aspecto económico: la sociedad de la opulencia frente a la sociedad marginal de los niños.
Efectivamente y precisamente por esto me interesaba que la sociedad que se describe en la novela fuera una sociedad que había tenido un despertar económico. La aparición de esos niños pone de manifiesto las distintas capas sociales y económicas que componen la sociedad y, de hecho, me interesaba mucho que a lo largo de la novela aparecieran niños pertenecientes a distintas clases sociales: están los pobres, pero también está Teresa, que pertenece a una clase acomodada, pero de origen trabajador.
Tal y como narras en las primeras páginas, los 32 terminan siendo asesinados. Este hecho obliga a preguntarse acerca de la legitimidad de la violencia o, en otras palabras, ¿la violencia de Estado, aunque sea a modo de autodefensa, cómo se legítima?
Estas dos cuestiones muy importantes en República luminosa, que es una novela muy política y, en efecto, el tema de la violencia, que para mí era fundamental, tiene que ver con la pregunta acerca de cómo se legitima una acción violenta desde el punto de vista social, qué mecanismos interactúan para que comiencen a formarse capas de ficción para legitimar la violencia sobre alguien que debe ser protegido, en este caso los niños, y cómo la violencia se convierte ella misma en una ficción, siendo, al mismo tiempo, una toma de tierra: cuando ocurre un episodio violento, se suspenden todas las especulaciones. La violencia es la toma de tierra más salvaje posible, no admite especulación alguna. Volviendo a tu pregunta, me interesaba mucho indagar el aspecto político de la novela y preguntarme: quien ejerce la violencia, ¿cómo se legitima a sí mismo para ejercer la violencia, especialmente, cuando se ejerce sobre el más débil?
La pregunta sobre la legitimidad de la violencia es también la pregunta sobre la responsabilidad ante los hechos narrados.
Cualquier intento de exponer un episodio traumático social para buscar una respuesta final es absurdo. Lo que aquí se plantean son dilemas políticos y morales que no tienen una respuesta clara. En  el fondo, la pregunta original y que precede a las demás es la que se hacía Stuart Mills: ¿Quién debe ser protegido? ¿A quién debemos proteger para seguir siendo humanos y civilizados? Esta es una pregunta que no tiene una respuesta clara, a veces, la respuesta es ambigua y, todavía peor, a veces para proteger aquello que nos hace humanos tenemos que darnos la vuelta y dispararnos a nosotros mismo. Esto es lo que hace que la civilización sea algo tan complejo y que los derechos del hombre no estén tan claros.
En el fondo, tu novela plantea cuestiones muy vinculadas a la narrativa de Conrad: el encuentro entre la “civilización” y el otro, el “salvaje”, al que el “civilizado” impone su orden y sus valores.
Efectivamente, en muchos de sus relatos, lo que hace Conrad es llevar a alguien “civilizado” a un contexto supuestamente incivilizado y convertirle en el salvaje civil, es decir, en aquel que trata de imponer por la violencia los supuestos principios de la democracia y la razón. Al final, el personaje de Conrad acaba desenmascarándose a sí mismo y desenmascarando las contradicciones de la supuesta civilización: aquellos valores que aquí nos parece razonable, extrapolados en otro contexto revelan su naturaleza violencia e irracional. Con Conrad, el lector percibe la aleatoriedad de los valores que hemos elegido como valores sociales y percibimos, consecuentemente, la intercambiabilidad de los valores.
Al final, estamos hablando del imperialismo de Occidente, de la voluntad de “occidentalizar” al otro.
La relación de la “civilización” con el otro, con el supuesto salvaje, es siempre una relación de verticalidad y de poder: el poderoso impone unos valores al débil.
Otros de los temas importantes de la novela es el de la paternidad.
Es uno de los temas centrales del libro, tanto desde el punto de vista figurado como desde el punto de vista real. Todas las relaciones son relaciones construidas y, por tanto, son relaciones de ficción, relaciones inventadas. Mientras la maternidad es un sentimiento natural o, por lo menos, hay una aproximación estrictamente natural al hecho de ser madre, la paternidad es un sentimiento inventado y es, además, un trasunto de lo que la sociedad nos hace a nosotros. En efecto, la sociedad inventa constantemente la relación con nosotros, según nuestras necesidades y según la evolución de nuestra situación. En este sentido, la paternidad engloba no solo la relación padre-hija, sino también la relación de la sociedad con quienes la habitan; en otras palabras, en la novela, la paternidad tiene que ver con aquello que les sucede a los padres con respecto a sus hijos, pero también con el papel que adopta la sociedad con respecto a la defensa tanto de los niños como de sí misma y de sus valores.
Asimismo, la novela aborda también el tema de la ausencia de un “padre”.
Lo que sucede a los 32 niños es que no tienen un tutelaje, no tienen un adulto y, por tanto, no están sometidos a la autoridad de un adulto, que trate de convertirlos en ciudadanos lo antes posibles. Estos niños están abandonados a la fuerza de su propia infancia y esto es lo que da miedo. ¿En qué se convierte un niño abandonado a su propia suerte?
También habría que preguntarse en qué convertimos los adultos a los niños.
Hay un libro que a mí me fascina que es La tentación de la inocencia, donde Pascal Bruckner plantea cómo los adultos esperamos constantemente que los niños sostengan delante de nosotros la representación de que la infancia ha sido y es la edad de la felicidad. La imposición vertical que obliga a los niños a representar la felicidad y la alegría que supuestamente debe ser la infancia es una forma de eludir una enorme y considerable naturaleza de la infancia: el horror, la lucha, la violencia, el desamparo. Todos recordaremos estos sentimientos si nos detenemos a recordar con seriedad de la infancia, sin embargo, en esa proyección vertical que lleva a imponer a los niños representar una felicidad inexistente solo se explica por la necesidad del adulto de conservar la ilusión de que él también fue parte de ese paraíso llamado infancia. 
La construcción del niño por parte del adulto hace todavía más difícil acercarse literariamente a la infancia sin impostura.

Hay muchos peligros a la hora de hacer hablar a los niños, porque hay muchos lugares comunes. Es muy difícil dar con verosimilitud la voz a los niños sin caer en la cursilería o en la impostación. Los autores que me interesan que acaban tratando temas vinculados a la infancia, siempre optan por una vía diagonal; en mi caso, es el narrador el que especula sobre aquello que piensan los niños, sobre la razón de su comportamiento y trata de recomponer un puzle, si bien la mente de esos niños sigue siendo un misterio. En el mismo instante que tú pones un pie en el templo del niño, todo se vuelve falso; en el momento que tú adoptas la voz del niño y la imposta, la verosimilitud del texto se viene abajo. Por esto, para hablar de los niños es necesario hablar desde fuera, desde un lugar externo porque, de lo contrario, el mundo infantil se vuelve falso, inconsistente, absurdo. 

viernes, 5 de enero de 2018

JEAN PIAGET, A QUIEN PADRES Y DOCENTES DEBERÍAN CONOCER

“Lo que vemos cambia lo que sabemos. Lo que conocemos, cambia lo que vemos”. Esta es una de las frases que el célebre padre de la epistemología dijo a lo largo de su vida, inspirando a muchos profesionales que trabajan bajo la mirada de su teoría.

 Camila Londoño

julio 7, 2017

En 1896 nació en Suiza quien más adelante sería considerado el padre de la epistemología genésica. Además de epistemólogo, Jean Piaget fue psicólogo, biólogo y sus aportes al estudio de la infancia, además de su teoría constructivista del desarrollo de la inteligencia, lo posicionaron como una de las figuras más importantes en el mundo de la teoría pedagógica. Piaget tuvo dos hijos, a quienes les hizo un seguimiento detallado de su crecimiento, hecho que lo llevó a desarrollar varios de sus estudios sobre psicología infantil, entre esos, la ya mencionada Teoría Cognoscitiva a partir de la cual plantearía que el desarrollo cognitivo es una construcción continua del ser humano, marcada por varias etapas, necesidades y acciones tomadas por un individuo. Para hablar de su teoría, Piaget divide dichas etapas en periodos de tiempo y define el momento y el tipo de habilidad intelectual que un niño desarrolla según la fase cognitiva en la que se encuentra. Estas etapas son: la Sensoriomotriz (0 a 2 años), la Preoperacional (2 a 7 años), la etapa de Operaciones concretas (7 a 12 años) y la de Operaciones Formales (12 años en adelante).

Otros factores que se enmarcan dentro de las teorías piagetianas son la base genética y los estímulos socioculturales como agentes de diferenciación entre un individuo y otro, esto quiere decir que ciertas experiencias y acciones hacen que un niño construya sus propios dispositivos personales, tanto afectivos como cognitivos, para enfrentarse al mundo y aprender a lo largo de toda su vida desarrollándose en cada etapa. Pero más allá de su teoría, lo que intentamos recalcar es que Piaget ha influenciado en los procesos que se llevan a cabo en la sala de clase y a muchos, tanto a psicólogos como pedagogos, que estudian el pensamiento de los niños, su transformación a lo largo de los procesos cognitivos y la diferencia de éstos en comparación con el de los adultos. Por esto y todos sus aportes al entendimiento del desarrollo cognitivo infantil, enumeramos algunas frases del célebre científico suizo para considerar en los procesos de enseñanza.

1. “La inteligencia es lo que usas cuando no sabes qué hacer”.



2. “Educación, para la mayoría de la gente, significa tratar de llevar al niño a parecerse al adulto típico de su sociedad… Pero para mí, la educación significa hacer creadores”.



3. “Es con los niños con los que tenemos la mejor oportunidad de estudiar el desarrollo del conocimiento lógico, conocimiento matemático, el conocimiento físico, entre otras cosas”.



4.“Las funciones esenciales de la mente consisten en la comprensión y en la invención, es decir, en la construcción de estructuras mediante la estructuración de la realidad”.



5. “Los niños tienen una comprensión real de lo que sólo inventan para sí mismos, y cada vez que tratamos de enseñarles algo demasiado rápido, nosotros les impedimos reinventarse a ellos mismos”.



6. “Comprender es inventar”.



7. “El segundo objetivo de la educación es formar mentes que puede ser críticas, que puedan verificar y no aceptar todo lo que se les ofrece. El gran peligro de hoy son los lemas, opiniones colectivas, las tendencias ya hechas de pensamiento. Tenemos que ser capaces de oponernos de forma individual, para criticar, para distinguir entre lo que está bien y lo de lo que no”.



8. “Soy un constructivista, porque constantemente construyo o ayudo a construir el conocimiento”.



9. “Un niño nunca dibuja lo que ve, dibuja su interpretación de ello. Dibuja lo que sabe de él”.



10. “El primer indicio claro en el desarrollo del conocimiento es la continua creatividad”.



11. “El número de construcciones mentales que hacen los niños a tan temprana edad nos deja estupefactos”.



12. “Hay muchas similitudes entre el desarrollo del conocimiento en un niño y el desarrollo del conocimiento en la ciencia”.



13. “Las investigaciones no pueden detenerse, siempre debemos estudiar cómo el entendimiento de un nuevo conocimiento abre la mente a nuevas posibilidades”.



14. “Lo que vemos cambia lo que sabemos. Lo que conocemos, cambia lo que vemos”.




15. “El conocimiento no puede ser una copia, ya que siempre es una relación entre sujeto y objeto”.

NB. El Contenido de este artículo proviene de "BASTA DE DEBERES" (FACEBOOK)


martes, 2 de enero de 2018

HALLADOS LOS RESTOS DEL PERIODISMO

Hallados los restos del periodismo



J.R. MORA
1 DE ENERO DE 2018

Tras horas de interrogatorio, los investigadores consiguieron averiguar el lugar en el que se encontraba el periodismo. No era sitio de fácil acceso, razón que explica que la búsqueda de tantos meses resultase infructuosa. Los restos del oficio más hermoso del mundo yacían, junto al cuerpo de la chica asesinada, en el interior de un pozo situado en una nave industrial abandonada a las afueras de la pequeña localidad. La reconstrucción de los hechos es brutal, como brutales son los autores del terrible suceso. El oficio que hicieron hermoso García Márquez, Oriana Fallaci, Enrique Meneses o Ryszard Kapuscinski, deambulaba solo por unas calles siempre en presunta fiesta y siempre sombrías, cuando un grupo de individuos comenzaron a increpar, cosa habitual. El oficio aceleró la respiración y el paso pero, cuando quiso darse cuenta, ya tenía las manos de aquella manada de “compañeros” agarrándole el cuello.
Volvemos del enésimo suceso de niña asesinada, entendido como deporte nacional más rentable que el fútbol, y lo hacemos escépticos e indignados. Con la sensación de haberlo visto todo ya, pero sabiendo que el chicle de la falta de escrúpulos de los traficantes de audiencias aún puede seguir estirándose. Acercándonos al 2019 de Blade Runner hemos visto ya de todo. Hemos visto programas mañaneros ardiendo desprecio hacia la propia víctima más allá de Orión. Hemos visto a reporteros, no sabemos si humanos o replicantes, criticando, en directo y ante la puerta de su casa, a la mismísima madre que buscaba a su hija. Hemos visto salir, de quienes se espera vocación de servicio público, vocación de intoxicación a cambio de la audiencia más grande posible, una audiencia tan contaminada como sus programas favoritos. Hemos visto a chupasangres de sueldos millonarios hacer derroche de imaginación y machismo enmascarado, señalando a madre, hija y espíritu santa, dejando pasar por alto la que era la tesis más probable pero la menos comercial: la costumbre española de morir por el hecho de ser mujer. Da igual si rica, pobre, gallega, madrileña, centradísima en los estudios o en la edad del pavo.

Quienes, durante meses, exprimieron la desaparición de una joven, quienes asesinan un oficio fundamental para la salud de todos, vuelven de vacaciones y no pedirán perdón ante la cámara, ni se les caerá la cara de vergüenza por lo que han hecho. Es más, seguirán haciendo lo mismo. Veremos, a quienes asfixiaron el oficio hasta matarlo, volver a hacer lo que mejor saben en esta segunda entrega de la macabra historia, la que comienza con la detención del sospechoso. Lo harán sembrando odio donde antes sembraban amarillismo. Los veremos –ya está pasando– pedir que el detenido “se pudra sufriendo entre rejas” o que “le apliquen los demás presos la ley de la cárcel”. Los veremos, como siempre, sembrar un mundo peor, más irresponsable. Y lo más preocupante, los veremos volver a actuar. La manada de depredadores saldrá indemne de todo esto, como siempre pasa. Volverán a esperar, agazapados en sus iluminados pero oscurísimos platós de televisión o columnas de opinión, a que otra niña desaparezca para volver a matar al oficio del periodismo y lanzarlo, una vez más, a un pozo sucio. 

LOS HIJOS

Hacer un hijo es simple y hasta suena a gloria; tener un hijo es ya algo más complicado dado que nos atenaza la incertidumbre, pero empujarlo a que sea una persona que  enlace sus vivencias con la realidad que le toca vivir es una tragedia: surgen las contradicciones entre lo que uno pretende de sus hijos y la escuela; los riesgos de una adolescencia atrapada en tablets, móviles, ordenadores y qué no; la forma de encarar su educación ante un futuro incierto respecto de sus posibilidades laborales y, acaso lo peor: sus vidas van tomando una senda que nos aleja de ellos  dado que no podemos/sabemos prestar apoyo ni acompañarlos ante las aventuras de un nuevo mundo que se nos va tornando incomprensible.

Prestemos a tención a las palabras que nos ha dejado Saramago respecto de los hijos para penetrar sus vidas sin dañar su intimidad. 

"Un hijo es un ser que Dios nos prestó para hacer un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos, de cómo cambiar nuestros peores defectos para  darle nuestros mejores ejemplos y, de nosotros,  aprender a tener coraje. Sí, ¡eso es!, ser madre o padre es el mayor acto de coraje que alguien pueda tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor. Principalmente de la incertidumbre de estar actuando correctamente y del miedo a perder a alguien tan amado. ¿Perder?, ¿Cómo? ¿No es nuestro? 
Fue apenas un préstamo… El más preciado y maravilloso préstamo ya que son nuestros mientras no pueden valerse por sí mismos; luego le pertenecen a la vida, al destino y a sus propias familias. 
Dios bendiga siempre a nuestros hijos pues a nosotros ya nos bendijo con ellos.


José Saramago.