martes, 14 de marzo de 2017

BREVE HISTORIA ARGENTINA CONTEMPORÁNEA

 Carlos A. Trevisi

 Contrariamente a lo que se piensa en España –y aún en la misma Argentina- respecto de que la influencia de España ha sido determinante de las características que animan su quehacer, fue, en verdad, Inglaterra, la potencia que la colonizó hacia mediadios del siglo XIX.


España había accedido a los territorios de la actual Argentina por el norte del Virreynato del Río e la Plata, por el Alto Perú, llegando en su ocupación hacia el sur hasta  poco más allá de Córdoba, provincia mediterránea que, al igual que Salta, y otras (todas) más al norte, reflejan definitivamente las raíces coloniales hispánicas. 

Cuando  España cae bajo el dominio de Francia, a principios del siglo XIX, el pueblo de Buenos Aires, que ya había conocido de las penurias a las que el monopolio español sometía a la ciudad, se levanta contra el virrey, al que despoja de su cargo, asumiendo el poder local una Junta de representantes entre los que se encontraban los vecinos más caracterizados de la ciudad.

La Revolución de Mayo, que así se denominó, se llevó a cabo, sin embargo, según manifestó Buenos Aires,  sin consultar a los pueblos del virreynato, en razón  de que no había tiempo de reunirlos  a todos en consulta. Era  innegable, no obstante, que esta decisión unipartita que tenía su fundamento en el derecho romano (el  “negotiorun gestor”) propendía a la modernidad. Por otra parte, la ocasión era sumamente propicia: habiendo caído el rey de España, el Virrey había perdido mandato.

A partir de esa decisión, si bien se llega en 1816 a declarar la independencia  de las “Provincias Unidas del Virreynato del  Río de la Plata”, Buenos Aires se constituyó en el eje de la diáspora de los pueblos del interior. La llegada de San Martín para liberar Chile y Perú fue un importantísimo logro de la modernidad, pero terminó con la estructura polìtica y administrativa del Virreynato, una verdadera joya geopolítica.

Se cumplió de esta manera el proyecto inglés: abrir mercados a sus productos, bloqueados por el monopolio que ejercía España.

El impulso que cobra de Buenos Aires en el espectro mundial es acelerado por un proyecto político de gran envergadura, moderno, ágil, dinámico, abierto: el de la generación del 80. Apoyada en Inglaterra, Buenos Aires se constituye en un foco de irradiación cultural de primer orden. Su pecado, no obstante es el mismo que el de la Revolución de Mayo: no mira al interior del país; mira a Europa.

Buenos Aires reluce, pero la Argentina se deshace. Los dineros de la oligarquía que nace con la venta de las carnes, cueros lanas  e insumos críticos que valora especialmente Inglaterra, permanecen  en Buenos Aires. No hay planes de desarrollo para el interior del país.  Se crea una red ferroviaria radial con eje en el puerto de Buenos Aires, desde donde se despachan los insumos a la Gran Bretaña.  Se benefician del negocio la oligarquía de Buenos Aires, permanentemente articulada con los intereses ingleses, e Inglaterra, que compra insumos a precios prácticamente fijos y vende lo que produce a precios en permanente alza. Pierde la Argentina, que, por supuesto se descapitaliza en insumos y pierde una primera ocasión de industrializar el país, tal cual estaba haciendo, simultáneamente EEUU, donde la oligarquía del Sur , que había suministrado el algodón para las fábricas inglesas)  , caía en pedazos ante el empuje del industrialismo norteño.

Cuando Inglaterra entre en crisis y deja de comprar –en realidad cambia de proveedor, Australia- la Argentina se precipita en  una profunda crisis.

La pobreza se hace con la mayoría de los argentinos y surgen movimientos políticos que se aprestan a revertir la situación. Las instituciones que habían regido el país a partir de los intereses de la oligarquía se popularizan y aparecen en escena movimientos populares que en mayor o menor medida cumplen un derrotero que perdura hoy día.

La década del cuarenta fue definitiva en este aspecto. Se apodera de la  escena política un Coronel del Ejército que impulsa un movimiento nacional –el peronismo- que se lanza a la vida política con tres apotegmas meridianos a su proyecto nacionalista: por un país socialmente justo, económicamente libre y políticamente soberano. Se trataba de Juan Domingo Perón. (1946-1955)

Comienza a perfilarse EEUU como potencia. Destruida Europa por la Segunda Guerra, EEUU cobra primacía y se transforma, ante la declinación del Imperio Británico, en la nueva potencia hegemónica.

Mientras tanto en la Argentina, Perón conculca todas las libertades, dando pie a que la oligarquía proceda a su destitución. El conflicto no puede ser más grave: se sale de un dictador fascista para caer nuevamente en manos de la oligarquía.

 

La Argentina y la Modernidad


Un artículo aparecido en el ABC  del 30 de julio de este año, titulado "Argentina:  un déficit de modernidad" de  Carlos A. Montaner, hace referencia al acostumbramiento del argentino a un nivel de vida que hasta la década del cincuenta respondía a hábitos de consumo y formas de vida de sociedades ricas: "[...] un argentino  de la clase media del año 1950  vivía como un europeo occidental, [...] y en muchos como un norteamericano". Agrega que "estos rasgos de comportamiento se transmiten de generación en generación [...] y que "ese argentino transmitió  a sus hijos y nietos una cosmovisión de ciudadano de primer mundo" que no condijo con la realidad que sucesivamente se fue viviendo.
Puesto así, los argentinos aparecen como un pueblo que, cuanto menos, ha eludido la realidad. Y algo de eso hay.
La Argentina de los últimos 60 años ha vivido signada por el peronismo, un movimiento político sin objetivos claros, fachista, autoritario y demagógico. Con Perón en el poder, durante la década que va desde 1945 hasta 1955, vivió del beneficio que le deparó una Europa destrozada por la Segunda Guerra Mundial  y de la estafa a la que sometió a la clase trabajadora: la justicia de distribuir la riqueza entre los más necesitados chocaba con su incapacidad para crearla. La tan cacareada industrialización peronista no fue más que la instalación de “armaderos” en los que se ensamblaban piezas importadas.   
Con el derrocamiento de Perón en el 55, la oligarquía  se hace con el gobierno -es decir, asume la conducción económica del país prescindiendo de la clase peronista a la que expolia y hace responsable de todos los males. "Revolución Libertadora" se llamó; su fracaso consistió en que se abstuvo de reconvertir a una Argentina que ya daba signos de atraso.
La sucede el gobierno de Arturo Frondizi. Su proyecto "desarrollista", que contempla la industrialización del país a partir de la explotación intensiva del petróleo, la petroquímica y el acero,  y la integración de los sectores sociales,  crea una riqueza que pronto llega a los bolsillos de la gente. Los militares, una vez más impulsados por la oligarquía que todavía para entonces nutre sus filas, derrocan a Frondizi.  Se corta la primera reconversión de la Argentina desde el lejano siglo XIX, cuando la Generación del 80 la articula con el mundo. Así, aparece en escena, caído Frondizi,  un general invertebrado llamado Onganía, que rinde a la Nación Argentina a los pies de la Virgen de Lujan y  somete a los argentinos a los designios de Adalbert Krieger Vasena, su ministro de economía. El  cometido de Vasena  es "terminar con el disparate del petróleo y el acero", como dice un Guido Di Tella de  entonces (peronista de la “primera hora”), a modo anticipatorio de lo que haría 30 años después como ministro del "pelele" Menem (ABC, Prada, Madrid, 5 de agosto de 2001).

Lo  que había sido  holgura se transforma en una pesadilla. Comienza a reinar la escasez y se rompe la cadena del conocimiento. Se inicia la fuga de cerebros.

"El Chocón", monumental obra hidráulica, impulsado desde principios de siglo como una fuente inacabable de energía para alimentar las soledades de la Patagonia  comienza a trabajar para la "Gran Capital". Sus torres, otrora orientadas hacia el sur, toman otro rumbo: Buenos Aires. Ya no iluminarán el desierto “patagón”: alimentarán el aire acondicionado de las oficinas de Buenos Aires, desde donde, vía telex,  la oligarquía seguirá haciendo su "diferencia" comprando petróleo y acero en el exterior (gracias a la anulación de los contratos petroleros que había firmado Frondizi, radicales mediante)
El "onganismo" termina en una catástrofe: un  general de la nación, por entonces Presidente de la República, Agustín  Lanusse, que tuvo que hacerse cargo del país ante los estragos de la “Revolución Argentina” de Onganía.

A la escasez y al desmoronamiento de la industria instalada durante el desarrollismo se agrega la subversión: Montoneros y ERPianos (Ejército Revolucionario del Pueblo: ERP) se hacen con la Argentina. Revientan bombas por todas partes y hay muertos por doquier.
La vuelta de Perón, en la que algunos depositan alguna esperanza, agrega más desasosiego. El viejo león, ahora embrujado ecologista, se ha vuelto herbívoro.  Cumple, no obstante, con su cometido (Humberto Eco, en su libro “Estrategia de la ilusión” alude al retorno de Perón como una imposición del poder económico para terminar con la subversión) : Perón  desautoriza a los montoneros, a los que echa de la Plaza de Mayo en memorable jornada que registra la televisión como presagio de lo que habrá de venir: una columna desafiante que se marcha de la Plaza, alejándose lentamente del lugar de privilegio que ha ocupado en la movilización, casi frente mismo al balcón desde el que sigue hablando Perón detrás de una vidriera blindada.
A su muerte es sucedido por su mujer, María Estela Martínez. La Argentina es  un caos total: su economía a la deriva, la guerrilla a las puertas de cada casa, la educación se cae en pedazos, la justicia es una falacia y la seguridad una entelequia. Ni hablar de la salud. ¿Se puede hablar de reconversión?

A todo esto, promedia la década del setenta. La Comisión Trilateral, cuyo objetivo, para lograr hacerse con la producción y comercialización de los recursos energéticos del mundo es devastar  los fundamentos  del estado-nación, se pone en marcha; se fomenta la idea de “mercado común” y la política se subordina a la economía.

Nuevamente la oligarquía toma el poder impulsando a los militares a un nuevo golpe de estado. En esta ocasión aparecen en escena un ignoto general de infantería, a la sazón Comandante en Jefe del Ejército: Rafael Videla, y un "superministro" de economía, Martínez de Hoz, que instauran el "Proceso de Reorganización Nacional". Con el puño firme de uno y la "plata dulce" del otro vuelve la abundancia a la Argentina (y la angustia de los desaparecidos); nuevamente se hace presente la "platita" en el bolsillo. Claro que esta "abundancia", sin ningún fundamento, como no sea acabar con la Argentina en beneficio de un estado de cosas que terminará postrándola,  va horadando las arcas de la nación: cuando la echan a Isabel Martínez la deuda externa -1976- era de 5000 millones de dólares y cuando se va el "Proceso" -1983- ya ronda los 70.000 millones (Domingo Cavallo mediante, que hace su entrada triunfal en política, estatizando la deuda privada de la oligarquía argentina, que, a partir de entonces, ya pasa a ser de todos, es decir, que pasamos a pagar todos).

A esta altura de los acontecimientos, perdida la Guerra de las Malvinas, el descrédito es total. Ya no hay recursos de ningún tipo y el hombre de la calle se desmorona. La Argentina está devastada afectiva, volitiva e intelectualmente. La herencia no admite reconversión alguna. El tema es volver a respirar en libertad. Por eso se lo elige a Alfonsín. Es el que mejor representa la necesidad de cambio, de purificación del medio.

De este modo, terminado el "Proceso", volvemos nuevamente a la democracia con un iluso  que cree que va a salvar a la Argentina aumentando las cuotas de exportación de carne y de trigo. En 1983 seguimos hablando como en 1955, como si en el mundo nada hubiera cambiado. Los políticos no ven, no tienen cómo ver el mundo. No se dan cuenta de lo que efectivamente explica el artículo del ABC: la Argentina no ha reconvertido ni a su industria -que ya no la tiene- ni a sus hombres;  ni a los que se gradúan en una universidad desactualizada, caduca,  enferma en sus entrañas, una academia que ha perdido universalidad y es apenas un enseñadero, un secundario de lujo donde se ha terminado con la investigación;  ni a sus técnicos y obreros, a los que ha trasformado en sub-ocupados que viven del pelotazo diario: hoy haciendo un jardín, mañana recogiendo basura, pasado como peones de albañil.

Alfonsín se va derrotado. Su absurda idea de que  la  democracia es un fin en sí mismo y que su vigencia garantiza la abundancia  (“con la democracia se educa, se come y se cura...”) ha sido una ilusión, una mera ilusión perdida ante la nueva modalidad de golpe que impone la globalización: el económico. No lo lamenta nadie. Pero es que no hay remedio; la gente está harta de la inestabilidad económica, no sabe como llegar a fin de mes, el desempleo se generaliza y  la hiperinflación termina con media Argentina.

Pero ahí no termina la tragedia. Falta el "pelele", el más abyecto de los advenedizos que llegó a la Presidencia de la República: Carlos Saúl Menem.
Su primer gobierno fue el dulce de la abundancia: nuevamente el argentino medio sintió que volvían las vacas gordas. Falto de principios, el tal Menem, adhirió a la globalización sacrificando el resto de las "Joyas de la Corona". Remató el país, regalando todo lo poco que quedaba. Su más fiel ejecutor: Domingo Cavallo; sus más siniestros mentores burócratas internacionales:  Guido di Tella y Oscar Camilión; sus víctimas: los argentinos que, endeudados en dólares -hipotecas, coches y demás-, quedaron atrapados en sus propias deudas. Un peso = un dólar fue la trampa mortal en la que los metió.
Una Argentina exhausta, en manos de la especulación y del poder económico transnacionalizado , cierra, así,  un ciclo que había comenzado Krieger Vasena, continuado Martínez de Hoz y rematado Cavallo. Y lo cierra sin reconversión
Hoy viene todo el mundo a salvarla: Bush, Blair, el FMI, España... Por fin la Argentina se ha entregado. Ya no tiene cómo salir. Ahora el problema es de los demás: si se cae, se caen todos los mercados y hasta las mismas empresas que entraron "a saco". Será por eso que algunos mimos, no obstante, le siguen haciendo: Blair, por ejemplo, le ha garantizado que Buenos Aires será la sede de la reunión de las grandes potencias para firmar el Tratado Antártico.

Sin embargo, aunque la pobreza será el rasgo más distintivo de las próximas décadas, la Argentina, en manos de sus jóvenes ha iniciado un proceso de reconversión que le permitirá entrar en el mundo. Ya no se trata de vender vacas, ni trigo, ni soja. Se trata de vender conocimiento. Y nuestros jóvenes en el ámbito de las comunicaciones y de la información ya han comenzado la “revolución del conocimiento”.

Como hemos visto, el mundo no perdona delirios. La dirigencia argentina, que nunca asumió la reconversión del país –políticos, empresarios, docentes, la Iglesia (a la que se sigue convocando como si le asistiera algún derecho a opinar), los militares han postergado a su ciudadanía durante 50 años, transformando a la Argentina en uno de los países más pobres de América.

Los últimos acontecimientos en detalle
Marzo de 2002, después de la devaluación del peso.
La Argentina ha implotado víctima de su propia incapacidad para verse.
Un país se constituye en Nación cuando la sociedad se integra en un proyecto común que le permite recrear permanentemente su propia cultura. Si cultura es todo lo que hace el hombre, está claro que los argentinos han perdido de vista el proyecto que les legaron sus mayores, o que nunca hubo proyecto.
Las raíces del mal vienen de lejos pero la catástrofe actual tiene nombre y apellido. No existe el Estado Argentino y, en consecuencia, no hay quien garantice la justicia, ni la educación, ni la seguridad, ni la libertad, ni la salud.
El hombre  hace décadas que en Argentina viene sufriendo la erosión de tales carencias, a las que debemos agregar la desinformación más brutal que pueda concebirse. Los recursos físicos de la Argentina, que representan el 20 % de las reservas mundiales en materia de minerales y proteínas, jamás fueron explotados, salvo por cortos períodos que la oligarquía y la estupidez de la mayor parte de la clase política se encargaban de interrumpir, militares mediante. La tecnología argentina, que en su momento fue, nada menos que en el ámbito de la energía atómica de una potencialidad tal que llevó a este país a lugares de privilegio en el concierto mundial, ha sido definitivamente aniquilada. La capacidad productiva, con las políticas de los “salvadores de la patria” (taxonomía que hasta hace poco sólo incluía a los militares y ahora incluye a los peronistas y a los radicales) totalmente anulada. Toda esta miseria tiene manos ejecutoras, los políticos, que ¿actúan? en representación de la gente. La gente deposita en ellos sus valores, para que sean puestos en marcha, para que elaboren estrategias que autoricen un retorno enriquecido que la haga crecer, fijar nuevas metas...
Sin embargo nada de esto ocurre. Desde la década del setenta en adelante -para no extendernos en un tiempo que incluye ineludiblemente al Perón de la década del 45-50, especulador que trasquiló el país en beneficio propio- los políticos nos han ido empujando paso a paso al abismo. Empezando por un tal Cámpora, ilustre chivato del siniestro general, que alcanzó la Presidencia de la Nación por tercera vez acompañado por una prostituta, Isabel Martínez, y bajo las garras de un ilustre desconocido, asesino ignorante que dio pie a la represión más sangrienta que hubieran llevado a cabo las Fuerzas Armadas Argentinas: López Rega, creador de la Triple A (Asociación Anticomunista Argentina) que asesinó a mansalva a cientos de argentinos ; siguiendo por los militares, sobre quienes quedan páginas y páginas por escribir aunque lo escrito hasta ahora exime de más comentarios; Alfonsín, otro político cuyo discurso encerraba la implacable estupidez de que la democracia servía para todo, transformándola en un fin en sí misma, mientras claudicaba ante los “caras pintadas” (pelotón de militares que se sublevaron contra el poder constituido) un día de Pascua que pudo haber cambiado la historia de la Argentina para siempre  ; Menem, un impresentable ambicioso, ignorante que no tuvo empacho en  jugarse la Argentina a unos hoyos de golf con otro Bush, padre del el actual y como él mismo ; mentiroso que se aprovechó de los pobres para hacerles creer que los iba a salvar de sus tribulaciones mientras endeudaba al país hasta límites inimaginables; De la Rúa, otro político impresentable, irremediable imbécil, que llegó al poder de la mano de Alfonsín, y tuvo que acudir  nada menos que a Cavallo,  para que nos salvara del desastre utilizando la pueril ecuación de que “si él nos metió en la convertibilidad, él nos va a sacar”, como ha quedado dicho en otra parte; y terminando con Duhalde, un muchacho suburbano, buen padre de familia, apenas con capacidad para manejar un ayuntamiento de pueblo, que no sabe para dónde disparar y juega a dos puntas : a Robin Hood (“vamos a ayudar a los pobres sacándole a los ricos”) y a congraciarse con el FMI y con Bush, con los resultados que están a la vista : los pobres siguen muriéndose de hambre y los ricos acumulan cada vez más riqueza.
El viejo Perón, decrépito y lleno de ínfulas ecológicas, que volvió a la Argentina, como dice Umberto Eco (ver su libro “Estrategias de la Ilusión”), enviado por los capitales transnacionales para disolver un montonerismo que ya había cumplido con su misión y comenzaba a interponerse en sus proyectos, nada supo hacer con una Argentina que todavía tenía la vitalidad de la década del sesenta; fueron los militares que siguieron desvalijándola poniendo a un Martínez de Hoz que destrozó el país siguiendo la línea de un antecesor suyo -Krieger Vasena . Fue durante  el gobierno de Alfonsín, en el 84, que abortó el proyecto Carem de un reactor atómico diseñado por argentinos, que utilizaba agua presurizada en lugar de agua pesada, que habría servido para dar energía a pueblos de hasta 15.000 habitantes a bajísimo costo ; fue durante su gobierno, sin embargo, cuando los argentinos descubrieron que  no hacían falta los militares para derrocar a un presidente: bastaba con unas simples especulaciones financieras ; durante el gobierno de Menem se desmanteló el cohete Cóndor, creado y desarrollado por la Fuerza Aérea Argentina y cuya tecnología ahora habita los anaqueles del Ejército del Aire Español ; fue durante el menemismo que la Argentina fue obligada a firmar Tlatelolco y a abrir sus laboratorios de energía nuclear a la inspección mundial. Fue durante el gobierno de Menem, igualmente,  que un gobernador de provincia, Eduardo Duhalde, promovió una reforma educativa dirigida por su ministra de Educación, Giannettasio, que fue una estafa. La gente tampoco olvida que cuando  abandonó la gobernación de Buenos Aires la provincia estaba fundida, ni que él mismo dijo que “todos los políticos de mi generación somos una mierda”.
A nadie se le puede ocurrir pensar que en este mundo los países hacen lo que quieren. Sin  embargo los argentinos reconocen que en la Argentina, por decisión de todos estos alcahuetes, se ha bajado el techo muy por debajo del autorizado y ahí está precisamente el mal que agobia al país.


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La crisis política de Setiembre de 2002

A partir del acto de Rodríguez Saa  (RS) –peronista, “dueño” de la provincia de San Luis- y aspirante a nuevo jefe del movimiento peronista, se corrió el riesgo de que  el futuro de la Argentina continuara por las vías de un populismo de la década del 40-50. Sin embargo, no fue así. Se continuó con la fantochada de instituciones vacías de contenidos que se compluguieron en encaramar  representantes encorbatados, deshonestos e ignorantes. La gran diferencia radicaba en que, con Rodríguez Saa, en el peronismo se acaba la partidocracia (además de la corbata, que habían usurpado), y reaparecía el “movimiento” (oleaje de parias perseguidos por la miseria y la ilusión que tienen en común ideales que jamás se podrán cumplir porque les falta soporte institucional  y que en una mezcla inaudita de variables empujadas por las circunstancias volverían a escena con el gobierno de Kirschner, actual presidente)

Los políticos –no siendo el puntano prostibulario (RS)*- quedaron atrapados víctimas de  una inercia que a lo largo de los últimos veinte años de democracia los fue sepultando en el desprecio de la ciudadanía. La partidocracia se los devoró.  En su afán por perdurar en el goce del poder, la lucha por la perpetuidad los fue distrayendo de la gravedad de la situación y siguieron apostando a que la Argentina se recuperaría, como siempre había sucedido, así porque sí, porque es la más grande, porque es la Argentina.

Con Rodríguez Saa afloran las huestes inermes, los desdentados, los desposeídos, los que habían  perdido todo, hasta el derecho a la comida de sus hijos. Son los mismos hombres y mujeres que cruzaron el Riachuelo un 17 de octubre allá por el año 1945 en busca de una esperanza sin fundamento: una Argentina socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana. Toscos, brutos, lastimados, heridos de muerte, desesperanzados, hartos de promesas, claudicantes y furiosos. Cayeron víctimas de la traición  de los duhaldes, las chiches (“La” Chiche, esposa de Duhalde), los menems, sucios politicastros de barrio, miserables de barricada que se valieron de los de los cavallos, de los ditelas,  de alfonsines,  de todos lo que servían a su proyecto de ser cada vez más ricos, más poderosos y más canallas.

Últimamente la izquierda peronista se ha hecho con el Gobierno. Atrapado entre dos fuegos,  los reclamos  de los pobrecitos que abundan pidiendo limosna por las calles de Buenos Aires, y las exigencias del FMI, Kirchner, candidato de la izquierda peronista, ha optado por seguir pagando la deuda al FMI. Y está claro. No puede ser de otra manera en una país que ha perdido el norte, que divaga perdido entre una maraña de intereses a los que no sabe, no puede y a veces ni siquiera quiere darle solución.

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* Puntano prostibulario
    Los peronistas no se han destacado ni por sus conquistas amorosas ni por sus constancias afectivas. Rodríguez Saa fue descubierto por su mujer en un prostíbulo en el que asentaba el hombre una o dos veces por semana sus reales para recibir a un

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